De la agresividad.

Por Carolina Fábregas

¿Por qué la guerra? ¿Hay algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra? ¿Es posible controlar la evolución mental de los hombres como para ponerlo a salvo de las psicosis del odio y la destructividad? Preguntaba Einstein a Freud allá por el año 1930.

¿Por qué esta cuota, o a veces grandes hipotecas de agresividad ?¿ Qué es esto que nos habita?

“El ser humano no es un ser amable, manso, sino que es licito atribuir a su dotación pulsional una buena cuota de agresividad. En consecuencia el prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual sino una tentación para satisfacer en él la agresión. La existencia de estas inclinaciones agresivas es el factor que perturba nuestros vínculos con el prójimo y compele a la cultura a realizar su gasto de energía. Pero este afán cultural no ha conseguido gran cosa hasta ahora, nos dice Freud, y agrega ese rasgo indestructible de la naturaleza humana lo seguirá adonde fuese”

No es fácil para los seres humanos renunciar a satisfacer su inclinación agresiva, basta pensar en el narcisismo de las pequeñas diferencias: donde es posible ligar en el amor a una multitud de seres humanos, pero a condición de que otros queden afuera para manifestarles la agresión.

Hay un resto que nos habita y que como nos indica Freud, la cultura no puede cernir. Es ahí donde los psicoanalistas recogemos el guante para escuchar en lo singular lo que concierne al sufrimiento de cada uno. Por supuesto que no con el afán de suprimir lo indestructible, no solo porque sería imposible sino también porque sabemos que ese resto es fundamental para la vida.

Escuchemos una vez mas al creador del psicoanálisis: “…si la agresión se introyecta incrementa el sentimiento de culpabilidad, pero si se actúa erosiona el lazo con el otro, fundado en la necesidad de amor. Cuán poderoso obstáculo cultural debe ser la agresividad si su rechazo puede hacernos tan infelices como su realización”.

Sentimiento de culpa que se hará oír en la cura de manera estruendosa o silenciosa.

Paradoja que nos causa a seguir hablando y pensando.

¿Por qué la vida no quiere curarse?. Guiados por esta pregunta que nos llevará a las orillas de la dirección de la cura, les propongo que ubiquemos ciertas coordenadas en relación al concepto de Agresividad.

Si bien este concepto como tal no es un concepto Freudiano, es ahí donde Lacan va a leer sus raíces, enlazado con la pulsión de muerte y el narcisismo. Concepto que dará nombre a su escrito de 1948: “La Agresividad en Psicoanálisis”

Ubiqué dos vectores que el mismo concepto interroga:

1- La Agresividad como constitutiva y esperable en la experiencia de subjetivación del cachorro humano , que incluye la pregunta por la relación que cada uno de nosotros establece con el otro .

2- Los interrogantes que se abren en relación a la experiencia analítica bajo la modalidad de la Transferencia Negativa.

En el principio el odio, no es la agresividad. Freud se sirvió de este termino y lo utilizó para hablarnos de la constitución subjetiva, no como la contracara del amor, sino situando su origen en ese primer juicio de atribución (de propiedad a una cosa) donde queda delimitado lo exterior, lo expulsado, lo displacentero, y asociado a lo no reconocido como propio. Previo a la relación amorosa con el objeto.

Podríamos decir que hay una coincidencia entre ese resto no incorporado y lo odiado.

Ahí Freud nos indica que hay algo que se expulsa junto con lo displacentero y que es propio, que queda ubicado en ese exterior que no es tal, y del que podemos tener noticias ,en relación al tema que hoy nos ocupa, cuando aparece incrustado, por ejemplo, en ese “narcisismo de las pequeñas diferencias”. Lo ajeno, lo extraño coincidiendo con lo odiado.

Que nos quiere transmitir el maestro? Que maneras tenemos de leer esta expulsión, este resto? Ahí en el fundamento en las bases de la constitución subjetiva encontramos la hostilidad y no la armonía. No es la unión del sujeto, es siempre la división del sujeto contra si mismo.

Fue tomando estas hebras que Lacan produce en su recorrido, la posibilidad de leer las diferencias entre el Odio y la Agresividad , que en los textos Freudianos aparecían muchas veces indiscriminadas.

Así nos advierte que en esos textos que van delineando que el amor-pasión determina la imagen del yo-ideal y la inminencia en él del odio, es donde debemos buscar, para comprender la relación del yo con la imagen del otro.

¿Por qué nos interesa darle su estatuto a la agresividad tanto jugada en el malestar en la cultura , como en la transferencia?

Habitar el lenguaje implica atravesar un primer tiempo que con Lacan denominamos de fragmentación corporal. La noción de Agresividad corresponde a ese desgarramiento del sujeto contra si mismo, desgarramiento que conoce, que se le hace evidente, a partir de ver la imagen del otro captada en su totalidad. Es en esta relación narcisista donde el individuo se fija y se cristaliza en una imagen. Es ahí donde toma su origen esta organización pasional que es el yo. Pasional en tanto lugar de desconocimiento en relación a no querer saber nada de esa desgarradura inicial.

Entonces el yo se precipita como efecto de una imagen, pero marcado desde el principio por esta tensión agresiva, entre la unificación a partir de la identificación a esa imagen y la rendición que significa dejarse capturar por esa imagen del semejante. Es propio del narcisismo situarse inicialmente en el registro de la agresividad especular, en el campo erotizado de la relación del yo al semejante. Tenemos entonces un Yo que seria la idea de si mismo como cuerpo, pero que exige la presencia de la imagen especular.

La agresividad es constitutiva del yo y no resulta del contraataque del otro. El sujeto es introducido a ese espejismo( esa ilusión?) del dominio de sus funciones pero donde su subjetividad permanece escindida. Esta “no relación” esta discordancia nos posibilita ubicar la tensión que queda instituida.

Hay una agresividad constitutiva del yo humano, precisamente porque este se constituye en una tensión entre la atracción a su propia imagen especular completa, sin falla pero que a la vez le es ajena . En la atracción se experimenta algo asi como “yo soy la imagen” y la tensión agresiva podría sintetizarse con la expresión “la imagen del otro toma mi propio lugar”.

¿Por qué es tan necesaria esta relación imaginaria con el semejante que incluye esta tensión Agresiva?

Es que ella tiene por función enlazar lo que llamamos imagen hábito con la sensación de tener un cuerpo. Esa imagen hábito son los ropajes de amor con los que nos cubre de significantes el Otro :“eres alguien preciado para mi, por lo tanto te revisto de mi deseo, te hago el mejor vestido y en eso consistes con tu cuerpo, ocupas un lugar en mi deseo y por lo tanto en el mundo”.

Es en ese enlace absolutamente propiciatorio, donde tendrá lugar ese espacio de tensión agresiva que servirá para amortiguar y filtrar la intrusión lenguajera del Otro. Tanto la fragmentación como la división reclaman del amor unificante para soportar la vida.

Es decir que tenemos lo que se opone al amor: la agresividad en tanto se opone al Eros unificante que no solo atañe a la imagen completa sino a ser uno con el otro. Es en ese punto que esta tensión agresiva, posibilita que haya espacio, intervalo, que algo circule y que la tensión agresiva este como intención y no como acto de agresión.

Ese espacio, ubica una distancia, que en la Clínica se hará escuchar uno por uno bajo las distintas formas de inhibición, síntoma y angustia.

Para ir terminando y dar la palabra a mis colegas, me gustaría ubicar una afirmación que Lacan hace en su texto sobre la Agresividad: nos dice que “la transferencia negativa es el nudo inaugural del drama analítico”.

¿Cómo abrir este aforismo Lacaniano?

Mi propuesta sería que una manera posible es articulando la tensión agresiva constitutiva de la experiencia subjetiva, con el neologismo que inventa Lacan de Odioamoramiento que es la manera de nombrar la experiencia donde transcurre un psicoanálisis.

Que el psicoanálisis detenta un poder es algo de lo que Freud se percató desde el momento que decidió acostar a sus histéricas sobre el diván para hablar de sus padecimientos. Hay efectivamente un poder en juego en el vinculo psicoanalítico, pero la acción del psicoanalista no consiste en el ejercicio de un poder, pues dirige la cura y no al paciente. Vertiente imaginaria de la transferencia. La relación es asimétrica. El analista sabe que no hay que responder a la demanda, claro que esto no quiere decir que no le hable o incluso a veces no le conteste a ese analizante, sino que no responderá a la demanda de amor. Esa carencia de respuesta es la que provocará en el sujeto la agresividad, incluso el odio.

Lacan nos dá una pista más: no se trata de lo que se responde, sino del lugar desde donde se responde.

Volviendo al aforismo lacaniano y convirtiéndolo en pregunta: ¿Por qué afirmar que la transferencia negativa es el nudo inaugural del drama analítico ? , y tomando como texto y pretexto el caso de Lucy Tower es que hoy los invitamos a trabajar estas cuestiones que hacen a nuestra práctica cotidiana.

Carolina Fábregas Solsona

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