Del cuerpo como nudo al desanudamiento por por el amor de transferencia

Pastel Swirl

Años atrás recibí a Violeta, cuya voz audible concordaba con una adusta seriedad que mantuvo largo tiempo. Violeta viene acompañada por un Holter. “No sé si voy a poder hablar. Yo no hablo. No puedo más” “Necesito atención, pero no puedo hablar, no sé, no sé”. Manifiesta haber realizado numerosas consultas, pero sin efecto alguno, porque ella no entiende lo que le dicen cuando la interrogo por el Holter, me responde “desde hace tiempo tengo extrasístole, me ahogo y tengo que salir corriendo a tomar aire; padezco fuerte jaquecas que me dejan postrada; mi cuerpo es un nudo, sólo siento dolor”, “a veces como y otras no recuerdo si comí o no”. “YO NO TENGO BOCA”. Hacia prolongados silencios, a mis preguntas sólo respondía con “no sé”, pero a pesar de ello habia algo a favor: ella concurria. Algo esperaba; así se lo exprese, agregando: “usted tiene boca y escucha”. Me miró atónita. Y me dijo que tenia miedo de los otros. Miedo de todo.“Todo en mí queda tapado, me quedo como aturdida –dice en voz muy baja–; no puedo evacuar, a pesar de los laxantes que tomo y de los tratamientos que hago, puedo pasar 20 días sin ir al baño; esto me trae cefaleas a repetición”. Estaba medicada hacia tiempo con tranquilizantes, por la taquicardia y contracturas; le era insoportable el dolor que la aquejaba. Durante largo tiempo describía sus síntomas corporales, como de lo único de lo que podia hablar; acepte la apuesta. Me pregunto un día si yo no estaba cansada de escucharla. Le dije que no, pero que me gustaría que me contara otras cosas de su vida, porque yo no era médica. Me confeso que tenia vergüenza, que uno de los motivos por lo que no quería venir era que ella no comprendiera el significado de las palabras. Este hecho curioso lo relaciono, dos años más tarde, con su madre, quien ante cualquier pregunta, relato o contestación, sea a solas o delante de otras personas, le decía: “Sos ciega, sorda y muda, tú no tienes que hablar con nadie, nada tiene que salir de aquí, nada tiene que saber, nada tiene que hablar. Nada de lo que te hables será en tu beneficio”. Palabras que han quedado como martillazos en su cabeza (cefaleas). Palabras retenidas en sus evacuaciones. El padre muere al cumplir Violeta tres años. de él, dice: “… me quedé en el desamparo y soledad más grande. Él era la luz de mis ojos, él era todo para mí. Me sumergí en la más profunda oscuridad, el dolor de ese día no me suelta”. De la mano de Violeta, el dolor nos interroga. Si el cuerpo pierde su vestimenta de palabras, el dolor surca lo real, suspendiendo los espaciamientos, agotando toda ilusión y porvenir, compactando la dimensión del cuerpo. El dolor aumenta la vigilia; es insomnio y el sueño es pesadilla. El dolor no tiene fisuras, es memoria traumática, no hay olvido. Perdida la envoltura simbólica, eterniza el cuerpo, lo hace inmortal, espantos de un ser yo. Sin respiro, sin hendidura ni discontinuidades, el cuerpo se hunde en la desesperanza y desconoce la diferencia; ignorante de la separación, no encuentra reposo. Mudez como manifestaciones de dolor, traumáticos dichos maternos (“Sos sorda, muda y ciega”) desgajan sin represión al retorno, a menos que sea de goce. Sustancia gozante afectada por la lengua, vaciada de libido, se desplaza a la deriva. Dolor como acontecimiento de un cuerpo embrollado, donde el goce está deslocalizado, desamarrado y a la deriva, la ciencia los llama fibromialgia. Tomo el dolor del cuerpo generalizado como un síntoma, aun sabiendo que no lo es, a fin de facilitar un tratamiento que reconstruya los trozos de una historia congelada. En el caso de Violeta, el dolor quedó recortado en un fenómeno psicosomático y fue un avance en la cura. De este modo, se abre el espacio para dar lectura a una letra que yacía muerta, holofraseada, indicando la soldadura entre S1 y S2 que no deja intervalo. Son palabras impresas plenas de sentidos, poco proclives a entrar en la cadena asociativa. La contingencia del análisis tratará de sintomatizar esto amordazado, este goce específico, materializado en éxtasis libidinal fijada, goce autoerótico y expulsado de la cadena asociativa. La invención del nuevo amor, amor de transferencia, apuntará a hacerla circular por la cadena del inconsciente. Violeta bordaba tapices encerrada en un cuarto, una furia incontrolable despertaba cuando interrumpía su bordado (goce autoerótico); lo indecible del punto que Violeta no podía encontrar, lo encontró dejando caer la sombra de su padre y decorando otros cuartos que no eran los suyos. Entre pedazos de palabras Y caricias en ruinas Encontré algunas formas Que volvían de la muerte.

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