El Juego, las versiones del padre y la interpretación en el psicoanálisis con niños


Varios años dedicados a la práctica del psicoanálisis con niños, me ha llevado a situarme frente a ciertas cuestiones teóricas y técnicas y a plantearme nuevos enigmas.

Sabemos que el psicoanálisis con niños no es ningún tipo de especialización que se pueda jerarquizar como tal, y que en todo caso se trata de una división del trabajo operativa o de utilidad relativa, para una práctica inherente al psicoanalista que se desempeña en el ámbito hospitalario y asistencial, es decir, en el campo de la salud mental. De hecho psicoanalistas muy importantes como Melanie Klein ,Winicott, Aberasturi, por citar algunos, que nos han legado una obra dedicada al psicoanálisis con niños, lo han hecho transmitiendo una práctica que en distintos momentos se ha visto enmarcada en la vía institucional.

Pero aún sin hacer referencia a una especialización que no es tal, ni al ámbito donde se lleva a cabo (Hospital, Centro de Salud, Obra Social o el Consultorio del analista), el psicoanálisis con niños ,presenta ciertas variables que lo determinan en una cierta singularidad que le es propia: tiempo de duración del análisis de un niño, demanda por el análisis de un niño, uso del diván, pago de los honorarios por el análisis de un niño (contabilizando no solo su presencia, sino también las ausencias: enfermedades del niño, no querer acudir a sesión por distintos motivos, inconvenientes de los padres para traer a sesión al niño, tiempo de vacaciones…) En fin, se podría afirmar que la singularidad del análisis con niños, plantea un verdadero desafío a la posición del analista, posición a su vez imposible, pero no por ello menos demandada. Diría que la posición del analista en el psicoanálisis con niños, suele extraviarse frecuentemente por la vía terapéutica y sugestiva, donde se escamotea que el Saber inconsciente da cuenta de la indeterminación del Sujeto. Mas aún: hay algo que ese Sujeto en juego en la cura nunca podrá saber: que el Sexo, en su diferencia radical, permanece tachado y se rehúsa al Saber. A lo largo de mi práctica en el psicoanálisis con niños, ya sea en curas de neurosis, fobias o perversión infantiles, así como en curas de debilidad mental, paranoia o esquizofrenia infantil, se me ha hecho necesario reubicar a partir de la operatoria analítica la problemática del niño (quien no hace ejercicio de una erótica) y su singularidad de Sujeto de deseo, en relación a “esa certeza de ser falta en Saber” con respecto a ese tercer término, el Sexo, que está rechazado al principio”

Creo que hay aquí una cuestión fundamental a considerar, en la operatoria a realizar en el análisis con niños, ¿Cuál es el estatuto del Sujeto del inconsciente “que ni siquiera sabe que habla” y que mantiene una relación de terceridad con el Saber y con el Sexo?

Lacan nos dice que “no se sabe en que punto del Significante se aloja ese Sujeto presumido saber, pero del otro lado, paradójicamente, ese Saber inconsciente es donde se refugia. Es ese un lugar de pudor original, por relación al cual todo Saber se instituye en un horror insuperable a la mirada a ese lugar, a una interdicción fundamental de la mirada a donde yace el secreto del sexo”

Entonces… ¿Cuál es la operatoria singular, demandada a la posición del analista en el

psicoanálisis con niños, que habilite las vías para “la indeterminación del sujeto, que está a la espera de un lugar en el saber”?. Y establecida la operatoria… ¿Qué de sus consecuencias?, ¿Cuáles son los implicancias y efectos de esta operatoria sobre la fantasmática y sintomática del niño en relación a la Verdad de la pareja parental?

Recordemos que la Verdad, que es la hermanita del Goce, siempre es semi-dicha, puesto que esta referida al Sexo que como tal es un Real imposible. La obra de Freud nos muestra la divergencia entre Verdad y Saber. Si el Saber se hace esperar, la Verdad está en suspenso. Falta que la Verdad pueda insertarse en el Saber.

Con respecto a la Verdad de la Pareja parental y partiendo del supuesto que el padre o la madre no son analizantes del analista, ya que eso introduce consideraciones que no abordaré ahora, ¿Existe la posibilidad que a través de la dirección de la cura de un niño, se pueda establecer la fantasmática que embellecería con el ideal del bien: “querer el bien del hijo”, la verdad de la pareja parental, y operar allí sobre la fantasmática, establecida con el niño durante el juego en la sesión analítica?

En mi experiencia en la dirección de la cura del análisis de niños, esto ha sido posible si se tienen en cuenta – diría-ciertos “axiomas” lacanianos.

En primer lugar que “el síntoma del niño es una respuesta a la verdad de la pareja parental”, aun cuando los padres estén separados hace tiempo y no sea en principio ubicable el síntoma familiar. También en primer lugar que “el deseo es el deseo del Otro” y tan primero como estos dos “axiomas” clínicos lacanianos, que hay una relación del juego del niño al fantasma; “el juego es un fantasma tornado inofensivo y conservado en su estructura”.

Este último axioma lacaniano a suscitado debates con mis colegas psicoanalistas del Grupo de Clínica con Niños y Adolescentes y nos llevó a retomar otras precisiones que Jacques Lacan hace sobre el juego.

La naturaleza del juego dirá Lacan, esta muy lejos de ser pura y simple oposición entre los jugadores .Lo que en todo juego busca el jugador, el jugador como persona, es siempre la conjunción de dos sujetos. Y la verdadera apuesta del asunto, (aquí Lacan recurre a Pascal), es este jugador, Sujeto dividido, en tanto que allí interviene él mismo como apuesta, a titulo de pequeño objeto, de ese residuo que conocemos bien los analistas, el objeto a.

Si este objeto a ,soporta toda actividad de juego, lo hace en tanto es ese algo que se produce en el reencuentro del Sujeto dividido, en tanto es Sujeto, con ese algo por el cual el jugador se sabe él mismo el deyecto de algo que se ha jugado en otra parte, otra parte a todo riesgo, otra parte desde donde él ha caído, del deseo de sus padres.

Es en el interior del juego mismo ,donde se atisba la fugacidad del Sujeto en lo que tiene de real, y de real imposible de alcanzar materializado en la apuesta. Y es en esto que el juego es la forma propicia, ejemplar, aislante y aislable de la posición del deseo.

El deseo no es otra cosa que la operación de esa apuesta ,de ese a, que es el ser jugador en el intervalo del Sujeto dividido entre su falta y su Saber.

En el juego está la realidad reducida a su forma de deyecto, del sexo en su forma insexuada.

El otro beneficio del juego, es que la relación de Verdad esta allí en razón mismo de la supresión de ese polo de realidad como imposible, la relación de Verdad esta suprimida.

Hay por tanto una auténtica eficacia en la operatoria analítica centrada en el juego, que se juega en el análisis de un niño. La pregunta se impone sola: ¿Es que el niño resuelve sus trastornos y síntomas jugando?

En parte podría afirmar que si. Por lo menos, no sin el juego. Pero no es suficiente.

A mi criterio, es necesario que el partenaire analista conduzca el juego de la cura no perdiendo de vista la fantasmática parental ,que siempre esta asociada a la sintomática que advierten en el niño, por el cual consultan.

Esta fantasmática parental centra su solución en ciertos ideales, que aportarían fantasmáticamente aquello que está en déficit, con respecto a la versión real del padre.

Aquí creo que se hace necesario una distinción entre la Versión Real del Padre ,que haría a la dimensión de la castración simbólica y real, aquello que Lacan refiere a la constitución del Ideal del yo del niño, a la transmisión vía complejo de castración de la potencia genital del padre en el caso del varón, y aquello que podríamos ubicar en déficit del lado de la función paterna fallida, que encuentra seguramente todo su asidero en el lugar que el goce femenino materno le otorga, a la palabra del hombre y del padre.

Es decir en qué medida esta palabra paterna le hace la ley a la madre, cómo se articula la relación de la propia palabra paterna con la ley y con los actos del padre, sosteniendo su palabra, o extraviándose en excesos en la “pere-versión” del personaje paterno, insuflando la imagen del “Déspota arbitrario y gozador” que deja entrever que no tiene resuelta su relación a “La madre” y a “La mujer”.

Seguramente es aquí donde la operatoria analítica a través del juego, verifica la alienación de la fantasmática y la sintomática del niño, respondiendo a la verdad de la pareja parental, y también es aquí donde la interpretación del analista, que toma sus fundamentos en las transformaciones fantasmáticas que se dan en el juego (distintas versiones del padre) y en las pistas que aporta la transferencia, llevará al paciente a su fantasma original y” eso no es a enseñarle nada- dirá Lacan -sino a aprender de él como hacerlo”. Esto posibilitará al niño cierto extrañamiento y ciertas rectificaciones de goce fantasmático, donde se aliena como objeto en el goce fantasmático parental ..

En la medida que el analista se hace el deseo del paciente, se sostiene en esa complicidad abierta a la sorpresa, es decir, a lo inesperado. Esto es exactamente el opuesto de la espera donde se constituye el juego en si.

Pero lo inesperado no es el riesgo. Uno se prepara a lo inesperado que se revela como tal cuando llega, y es desde allí donde hace frente a la angustia. Porque lo propio del juego es, dirá Lacan, que antes que se juegue, nadie sabe que va a salir de él.

Finalizare mencionando, brevemente ,el caso de un niño varón de 12 años ,cuya sintomatología giraba alrededor del “pegar” a sus compañeros de clase en la escuela y cuyo juego estuvo centrado al comenzar la cura ,en juegos de mesa.

Un día espontáneamente y a través de un dibujo de soldados y camiones, comenzamos a jugar a la guerra. Colocábamos en fila soldados y allí tirábamos a “pegarle”. Contabilizábamos quien pegaba más veces y bajaba mas soldados para ganar.

El fantasma materno ubicaba al niño como integrado a su yo ideal (ella se veía como un caracol, siempre con su casita a cuestas) llevando para todos lados al niño “atrás de ella”.Otro síntoma del niño en la escuela era su “atraso” en el estudio. La madre tenía en la actualidad una pareja muchos años mayor que ella (igual que el padre del niño), que se había retirado de una fuerza armada. Sumábase a esto su fantasmática con respecto a los hombres: siempre había tenido “hombres papitos”, como solía afirmar ella.

El padre del niño tenía su ideal en ser el “mejor soldado”, a la vez que “el mejor hijo”, ya que desde niño había trabajado incansablemente para sostener una madre idealizada

En la actualidad en su impotencia financiera, lo sostenía su actual mujer algunos años mayor que él.

Con respecto a las dificultades de su hijo, en su impotencia, reprochaba todo a la madre del niño. La separación entre los padres se debió a que llegaron a un hecho de violencia: uno le pego al otro.

Ambos padres les parecía una feliz idea resolver los síntomas de su hijo (el golpear y el atraso en la escuela) ,colocándolo en la escuela de Policía. Se podría decir que creían en la “mano dura”, a la vez que reforzarían el “soldado a la madre” ,que era aquello que tal ves mejor daba cuenta de la Verdad de la Pareja parental a través de “querer el bien para un hijo”.

Fue necesario que en el juego con el niño, juego a la guerra con los soldados, apareciera la figura del general y los relatos del padre del niño, sobre la canallada de los generales mandando a la muerte a los soldados en la guerra de Malvinas, para que las figuras obscenas y feroces de quienes mandaron y tenían a su gobierno y cuidado a quienes están bajo su tutela, den cuenta de su conducta sádica y perversa.

Esto permitió al niño colocar un NO rotundo a su ingreso a la escuela de Policía.

No fue solo esto, se valió también de la transferencia a través de una marca importante (Cristian Dior) en un estuche de anteojos que lo reenvió a la pareja de su hermana mayor, un hombre unos cuantos años mayor ,que era un acaudalado comerciante con varios negocios, el cual se prestaba bien como figura identificatoria para suplir la impotencia del padre.

Era en el negocio de su cuñado donde podía darse a jugar con un cachorro de perro a quien había visto crecer y con quien solía jugar de manos recibiendo, en la actualidad algunos mordiscos. Poco a poco había ido acotando su ideal de ser un boxeador, con el cual había llegado al consultorio, desafiando esa boca feroz que como “fhalus dentatus”, lo amenazaba.

Ahora por fin habían tomado relevancia los emblemas de potencia que portaba su cuñado, los síntomas cedían y había logrado extrañarse del “soldado a la madre”.

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