Psicoanálisis:  La experiencia y la trasmisión

Selva Acuña

 

Desde que el hombre es hombre hubo Prácticas de la palabra. La nuestra es también una práctica de la palabra. Ahora bien lo es bajo unas condiciones muy particulares. Se trata de un nuevo orden discursivo, inédito hasta que Freud lo inventa.

Se trata de un nuevo lazo social con reglas muy precisas y dos lugares asimétricos respecto de una suposición de saber. Esa es una condición esencial para que la ese campo privilegiado de la experiencia analítica que es el de la   transferencia se instale como tal.

 Desde ya no se trata de la experimentación científica, la experiencia  de la que hablamos es siempre la experiencia de alguien, es decir se trata de la experiencia de un sujeto.

 

 La experiencia que a nosotros nos interesa en psicoanálisis es aquella que hace marca, que constituye un punto de inflexión en la vida de un sujeto. Es un lugar por el que se pasa y si eso constituye una experiencia uno ya no es  el mismo.

El dispositivo freudiano está  expresamente estructurado para dar lugar a este tipo de experiencia absolutamente singular. El dispositivo responde a ciertas premisas generales, entre las fundamentales a la de la determinación inconsciente, al efecto de división subjetiva que de eso resulta, a la repetición, a los particulares destinos pulsionales y  a la castración como real en juego.

 

Estos conceptos superan el orden de lo particular, forman parte del saber obtenido de una praxis donde la palabra es confrontada a su propio límite. En ese sentido el psicoanálisis aspiro siempre a dar cuenta en su teoría de lo que podemos llamar sus fundamentos.

Sin embargo la manera en que  un sujeto pasa por esa encrucijada que implica su constitución como sujeto de deseo, es absolutamente singular. Y esto siempre constituyo un problema para meter al psicoanálisis completamente dentro de la ciencia.[1]  El psicoanálisis comparte con la ciencia la categorías de Lo necesario (lo que no cesa de escribirse) que permite establecer un saber de carácter universal,  de lo imposible (lo que no cesa de no inscribirse), pero al incluir la categoría de lo contingente ( lo que cesa de no inscribirse), incluye el ámbito de lo particular, de aquello que no responde “al para todos” al rasero universalizante del discurso actual.

 

Ese lugar de la experiencia en el psicoanálisis demuestra la impotencia del saber para subsumir bajo su autoridad a lo real, a lo vivo, a lo contingente.

 Lo notable es que Freud Construyó el edificio teórico psicoanalítico partir de sus Casos, casos en los que ese punto de singularidad parió un nombre. Juanito, el hombre de los Lobos, el hombre de las ratas, Dora. Nombres que nombran lo inimitable, el rasgo de identidad secreta que une goce y letra.

 Es en el terreno tan atópico de la transferencia donde se produce esa experiencia que es propia de la praxis psicoanalítica. Experiencia que se liga  a la fugacidad, a esa temporalidad amorfa, a ese pulsar que se cierra y se abre sobre un trasfondo que pone en juego el cuerpo, las pasiones y al rojo vivo el límite  de lo que puede ser dicho.

 

La transferencia es el terreno, donde se hace una y otra vez la experiencia donde todo saber infatuado naufraga y demuestra que la experiencia en psicoanálisis fracasa como garantía de autoridad o saber.

 Podemos decir que la experiencia en psicoanálisis es algo por lo cual se pasa, algo que sucede y que  va de la mano de ese efecto de verdad que sorprende al sujeto que lo interpela en el núcleo de su ser. Es entre el efecto de verdad que sacude la estantería y el efecto de sentido que se precipita que anida aquello que llamamos experiencia.

 

Tanto Freud como Lacan están de acuerdo en que la formación de un analista tiene como requisito la formación teórica,  es decir haberse formado en la lectura, en la letra. Eso significa haber tenido esa experiencia que es la de haber sido alcanzado por ese efecto de transmisión que surge de un texto.

En lo personal   mi primer encuentro con el psicoanálisis tuvo  la forma de un encuentro inesperado. Se trataba de un libro, encontrado en la parte menos accesible de la biblioteca paterna. Teniendo yo en aquel entonces 16 años, era la parte de la biblioteca que más me interesaba. El libro era una tosca edición de la Editorial  Santiago Rueda y era una de las primeras traducciones, muy buena por otra parte, realizada por Ludovico Rosenthal de varios artículos Freudianos[2]. Entre ellos El poeta y el fantaseo, Pueden los legos ejercer el psicoanálisis? Y el caso Dora. Empezar a leer este libro tuvo el carácter de algo absolutamente apasionante, el carácter de ese encuentro determino un punto de inflexión en mi vida y una elección  que se sostiene aún transcurrido tantos años.

 

 Eso fue para mí la primera experiencia con el psicoanálisis, y eso quiere decir que la experiencia puede venir  de cualquiera de los tres registros.  No importa de cual parta pero a condición de que se anude a los otros dos, eso es el efecto de haber tenido una experiencia.

Pero por mucho que apelemos a los textos, no es suficiente, hay un requisito ineludible en la formación de un analista y es el  haber pasado el mismo por  la experiencia de un análisis.

 

Esa experiencia si logro ser tal, devendrá como toda experiencia verdadera, un pasaje que es el de analizante a analista.

Existe un saber que la práctica del psicoanálisis va produciendo. Y existe también punto intransferible  de ese saber y no es por un problema de mala voluntad,   no es por causa de una incapacidad, no, lo que los analistas sabemos es que es un punto que debe ser respetado y es un punto que no se trasmite como el saber constituido, puesto que la experiencia no está en el mismo lugar que el saber, el saber se conquista en un segundo tiempo y no es sin pérdida. Este tiempo , que es de elaboración, se precipita porque en la praxis analítica el analista es aquel alcanzado por una tarea que tiene por fundamento una ética que es la del bien decir.  .Wo is war soll ich verdern . Donde eso era, debe advenir la palabra que trasmita,
 eso habre la cuestión de la enseñanza y trasmición y también a la manera en que los analistas crean espacios posibles con otros analistas.

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Es suficiente constatar el titubeo, la impropiedad, la insuficiencia de las referencias dadas en esos términos de la experiencia, y para no tomar más que la primera, la capital, el cambia vía: la transferencia, para constatar sobre el texto mismo del discurso analítico que, hablando con propiedad, en un cierto nivel de ese discurso se puede decir que aquel que opera no sabe lo que hace.( S.XII problemas cruciales)

 

 

[2] 1956